EDITORIAL
(Maria Di Paola Blum)
“Ajijic un pueblo encantador en México”, “Ajijic
an enchanting village in México” es un libro bilingüe
con alrededor de 300 fotografías del lago de Chapala y
el pueblito de Ajijic. Es el fruto de diez años de trabajo.
Los textos son mío y el prefacio y el epilogo de mi esposo
Joseph A. Blum, con un precioso dibujo del Maestro Francisco Toledo.
Estaba tan emocionada cuando me lo envió que fui hasta
Oaxaca para darle la gracia y decirle que lo iba a poner en mi
libro. Lo busqué por todos lados y todos acababan de verlo
o de hablarle, pero yo no lo encontré.
Cené en Casa Oaxaca, el estaba ahí en otra mesa
cenando y no lo reconocí. Fui a buscarlo en la galería
Quetzalli que lo representa y me perdí entre los saltamontes
y las ranitas, abrimos cajones, revisamos todas su obra bien guardada
y abrazada por delicadas hojas que la protegen: una de otra, porque
cada copia es celosa de las que sigue y la empleada me explicó
que las tienen que separar para que no se confundan, se peguen
o se dañen, las tienen encerradas en cajones que abre con
mucho cuidado, casi como si te estuviera dando la sagrada ostia.
Afín fui a ver si a las 5 estaba en IAGO, pero ese día
había mucha confusión y muchas gente que acababa
de salir de la cárcel y se impartían consejos para
que no le robaran otra vez el bien mas precioso de la humanidad:
“la libertad”. Fui a ver si estaba en el Centro Fotográfico
Manuel Alvarez Bravo, el viejo maestro austero me recibió
desde la lona colocada en la austera pared de la puerta, parecía
indicarme la oficina de Roxana Acevedo y ahí me dirigí:
me recibieron serios los dos maestros estaban en blanco y negro
colgados a la pared en una bella toma de Graciela Iturbide. Entonces
pensé que si caminaba un poco mas quizá lo hallaba
en El Pochote y así me encaminé por el templo de
la contracultura que vende, las carpas nadaban tranquilas en una
fuente de agua cristalina y la gente preparaba de todos, probé
queso de chiva, pizza italiana y tortilla negra con frijoles y
chile. Regresé a la casa y me caí muerta de sueño
y de tristeza en la cama. Al día siguiente fui a buscarlo
al centro de Arte San Agustín, me explicaron que un sabio
ricachón puso toda la lana despreocupada para restaurar
el monumento y la verdad era bello y quedé impactada, me
acordaba un poco de mi tierra: Italia, con su austera elegancia…Y
me fijé que en el piso había muchos frijolitos rojos:
los recogí y le pregunté adonde estaba el Maestro
y me indicaron el paso hacía arriba. Mi bolsa estaba llena
de frijolitos rojos cuando llegué en una bella sala amplia,
llena de luz y paz. En una esquina había una rica colección
de artefactos realizados reciclando los desechos de la basura
moderna: platos y envases de plástico, botes de Jumex,
cuando vi al otro lado, una bella puerta de madera y cristal transparente
(me acordaba del estudio donde se encerraba a escuchar música
clásica mi tío Humberto y ahí estaba el Maestro
pintado como un Dios con rayos de luz que le salían por
el pelo peinado a lo bruto o como se quedan después de
que haces el amor, le saqué una foto y recé 3 minutos
de adoración “sin Pater Noster ní Ave Maria”.
En el camino de regreso me paré a otro bello lado: la fabrica
de Arte en Papel, curiosa y todavía no muy cansada bajé
las escaleras de piedras hasta llegar a un laboratorio repleto
de hojas, tinas de líquidos varios y mascaras de changuitos
que jugaban a las escondiditas y se reían como locas cada
vez que un serio muchacho las apretaba en el papel para que dejaran
huellas, las “changuitas fresas” estaban colgadas
por todas partes y me indicaron varias direcciones. Me volqué
con mi cámara dentro una tina llena de leche, el serio
muchacho entró con su mano movió el liquido y no
lo encontramos. Quizá de ahí había pasado.
Afín aterricé en una mesa con quietas muchachas
que hacían cajas y con toda la calma del mundo, me comentaron
que a veces el maestro por ahí pasa. Pero ese día
no estaba. Pasé por IAGO otra vez y me deambulé
por todos los cuartos, revisé las repisas llenas de libros.
Me imaginé sus manos cuando lo recibió a todos ellos
y pensé entre mi: “Habrá algo que lo emociona
todavía en la vida?” Como nadie me pelaba, dejé
un recado con la secretaria y me regresé a Ajijic para
hacer, ahora si: mi libro: Ajijic, un pueblo encantador en México.
No encontré mi amigo Francisco, pero la santa áurea
del Maestro Toledo reinaba por todas partes